Estuve mejor. Por lo tanto, más incómoda. Hay algunas enfermeras super amables y otras cara de perro. Malas. Malísimas de verdad. Me maltrataron, me hablaban con grosería. Me bañaban con brusquedad, no ponían nada de amabilidad en el trato. Me bañaban mal, me sentía sucia. No me lavaban los dientes, solamente me los lavaron 2 veces, una vez una enfermera y otra un enfermero. No podía hablar, así que me jodía. Aprendí a joderme sin protestar ni poner cara de nada. A esperar 2 o 3 horas para que vinieran a buscar la chata o a ver que quería cuando las llamaba golpeando cosas de metal. Tenía la certeza, y pensaba en ello mirando la pared que tenía enfrente, que en unos días ya no iba a estar ahí. Siempre supuse que volvía a casa, sana, claro.
Comienzan a bajar de nuevo las dosis de los medicamentos, esta vez con más con lentitud. Pido calmantes, no quiero estar ahí, quiero ir al otro lado, al otro lugar, al otro tiempo. Prefiero seguir jugando carreras en bicicleta con el ratón Mickey por esa ruta de San Pablo que se había trasladado –momentáneamente, supongo, a Porto alegre con la Rambla de Pocitos... O planificar la fiesta de los Puppo a favor de la diversidad racial y sexual, y a favor del aborto, ya que estamos.
Etiquetas: agosto
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